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Homenaje a Miguel Hernández: Poemas recitados

13 febrero 2010 2 comentarios

Tengo sobre las manos una edición de poemas de Miguel Hernández. Es de Plaza-Janés (1973), con tapas duras y portada a color, era un lujo para la época. Fue mi primer contacto con una obra poética que me impactó. La he utilizado y reutilizado curso tras curso en el aula, bueno últimamente casi nada, los currículos de la asignatura han hecho desaparecer la literatura del bachillerato. Con los nuevos aires de reforma en la educación que han saltado a la prensa últimamente todo volverá a ser igual o peor. En fin, que en la edición mencionada, la Canción del esposo soldado, hay un verso cortado, dice: Nacerá nuestro hijo… (el editor dejó unos puntos suspensivos).

En la siguiente dirección se puede escuchar recitado este y otros  poemas que como homenaje a Miguel Hernández se están realizando desde diversos IES.

Copio este poema:

CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO

He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.

Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.

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